sin ciencia no hay futuro

Circo en Casma/cortesía: ángel valdez.

Lecciones de una bitácora, por Diego Paitan

“Ángel Valdez nos invita en “De Seres & Lugares” a pasar a su espacio íntimo. Sus apuntes de viaje, cual bitácora o diario de travesía, privilegia aquello imprescindible fijado en la memoria visual, décadas atrás y hoy”.

Publicado: 2020-10-14

Por: Diego Paitan Leonardo.  

Licenciado en Arte por la UNMSM.

Conocía la obra «clásica» de Ángel Valdez Rosales (1961), cargado de un revisionismo histórico y crítica política intensa, que me hizo pensar que ya lo conocía lo suficiente. Refrésquese la memoria con tres tempos: Juicio sumario (1991), Caja Negra (junto a Alfredo Márquez, 2001) y la «introspectiva» retrospectiva de Teodicea (2019). Por mi parte, había analizado un viaje del pintor y crítico de arte Teófilo Castillo por el surandino peruano, Bolivia, Chile y Argentina, entre 1917 y 1918 (véase El ojo en la palabra. La crítica de arte de Teófilo Castillo en la serie de ensayos «En viaje. Del Rímac al Plata» (1917-1918), 2019). Circunstancias de mi tiempo me revelaron que siempre hay algo nuevo por ver. Y pasó cuando Valdez decidió realizar una muestra en Arequipa con obras producidas a partir de viajes. Encontré un vínculo entre Castillo y Valdez: ambos pintaban y escribían durante su viaje, aunque, desde luego, el tipo de exposición (público y privado), medios y propósitos eran diferentes. Pero ¿qué significa el viaje para ellos? «El vivir es placer y el placer de viajar es doble vivir, y la incesante mutación de aspectos, personas, constituye el encanto principal de los viajes», dijo Castillo. Creo que al viajar uno encuentra y pierde algo. Sucede el mutatis mutandis. Una homeostasis. Y me pregunté que me diría Valdez sobre ello.

Valdez presenta una disímil selección de sus cuadernos de viajes en “De Seres & Lugares” en el Centro Cultural Peruano Norteamericano de Arequipa. El catálogo lega el propósito del artista y el repertorio de obras. El artista lo divide por categorías temáticas considerando una pauta cronológica. Bajo el término «Seres» congrega cerámicas, litoesculturas, deidades míticas, fardos, restos óseos, Cristos, vírgenes, santos, alegorías, detalles de pinturas virreinales, animales, retratos familiares, un insecto y una flor. La introspección del hombre peruano milenario desde su cosmovisión a su materialidad a partir de los alfares, el material lítico y sus restos mortuorios, prosigue con una alegoría de la redención humana mediante la pasión de Cristo, la mística santoral, la piedad de las vírgenes y la espiritualidad católica hallada en el arte virreinal y republicano. Alcanza el presente a partir de visiones del hombre actual desde lo afectivo. Al lado de ello, aves, felinos, saurios y camélidos sudamericanos aparentan un divertimenti, pero, en realidad, recuerdan un binomio complejo: la libertad y el cautiverio. Sintetizan este grupo la cucaracha y la flor de la kantuta, símbolos de lo profano y lo sagrado.

Como «Lugares» adjunta marinas de la costa norte peruana y de Colombia, vistas de la Amazonía, la sierra central y surandina, e imágenes de la modernidad. Si las primeras imágenes conciertan linealidad arquitectónica y cromatismo natural, las últimas refieren su conquista sobre la base del progreso de un mundo artificial. Las huellas de Valdez transitan el Perú, Colombia y Bolivia. Los registros devienen de espacios tan diversos como el Museo Regional de Ica, Museo Larco Herrera, Tumbas Reales de Sipán, Antonini, MALI, Recoleta o la Casa de la Moneda de Potosí; iglesias como la de Belén de Cajamarca, San Francisco de Lima, Santa Catalina de Arequipa y la Basílica Menor del Señor de los Milagros de Buga, en Colombia; los zoológicos Parque de las Leyendas y el de Cali; parajes turísticos como Puerto Maldonado, Tambomachay, Paracas y Colca; los sitios arqueológicos Tiwanaku, Machu Picchu, Pachacamac, Huaca de la Luna, hasta mundanos como el Jirón de la Unión.

Valdez acompaña sus acuarelas y tintas con textos, notas mentales hilvanadas en ruta, comentarios, anécdotas, análisis estéticos, literatura religiosa, definiciones de términos quechua, aimara y latín, importantes para conceder propiedad a su otredad.

Es una exposición significativa, pues además de instarse en el marco del COVID-19 supone un relato personal -las autobiografías de los viajes y su «pasatiempo» en medio de su «trabajo»- estuvo ausente en la práctica a nivel nacional por varios meses. Pero, además, es la remembranza somnolienta de la pintura académica y el arte moderno en la contemporaneidad de desarrollos visuales dispares. Valdez privilegia la visión sincera ante el falseamiento de la mirada furtiva intrusa, llámense turistas. En sus términos, se quiere plantear un «ojo curioso» frente al «ojo ocioso contemporáneo». Contrasta la contemplación humanística esencial frente a los selfies y fotografías triviales intempestivas con el patrimonio y entorno cultural foráneos. Su pensamiento crítico responde ante ese consumo cultural de los otros, cuyos intereses e imágenes de la realidad local son, sino limitados, particulares. Aquí debe precisarse su doble condición: además del fin utilitario del viajero —la experiencia vital necesitada—, existe una cualidad que obliga al desplazamiento bajo un propósito aparente, práctico. El pintor es un tour conductor. Es viable pensar que esa cotidianidad de un viaje predestinado abrume el concepto de viajero de Valdez, pero esto se quiebra en el «cambio de guardia», es decir, el reemplazo momentáneo de un guía por otro, obtiene libertad para dibujar, y sobretodo, cuando disfruta de viajar en familia.

Loco en Sta Catalina/cortesía: ángel valdez.

Valdez nos invita a pasar a su espacio íntimo. Sus apuntes de viaje, cual bitácora o diario de travesía, privilegia aquello imprescindible fijado en la memoria visual, décadas atrás y hoy. Está claro que el discurrir de imágenes exhibe lo que el artista observó, pero también una forma de ver, un contexto, un tiempo, así como un estado emocional detrás del motivo seleccionado. Son importantes las visiones referenciales en el catálogo, pues explican una selección deseable y coherente, una forma de presentación, un discurso y ausencias intrigantes.

Estos seres y lugares particulares, con un ojo clínico, moleskine, tinta, acuarelas y no pocos años de vida invertidos nos introducen al Ángel Valdez más verosímil, humano. A diferencia de los souvenirs globalizados de ferias y aeropuertos, el pintor desea eternizar esos «recuerdos» instantáneos, no en fotografías, sino a través del pulso y filtro mental desde la experiencia trashumante vivida ante una infinidad de seres en lugares públicos como privados. Valdez, como buen viajero, goza del extravío del camino, aunque entiende que siempre es reconfortante llegar a casa.

Es un repertorio profundo que sintetiza la mímesis del entorno, así como la naturaleza del hombre en ella. La mirada artística limita con la antropológica, psicológica, histórica, biológica y lingüística. Se cristaliza la teoría del viaje de Michel Onfray. Concilia al nómade —la migración por aprendizaje y subsistencia— con el sedentario —estabilidad por dominio del espacio y parentesco con sus raíces—, arquetipos del pastor y agricultor. Y sobre trashumantes, diferencia la naturaleza del viajero frente a la del turista, ese «dejarse perder» deseado antes que el lugar prefijado. Subsiste la condición de la otredad. Observar, pero no integrarse. ¿Por qué? Para construir imágenes disimiles sobre aquellos elementos culturales atendidos, incluso reconocerse. Se encarga, por sus intereses, de desvelar lo ignoto, en cierta forma incomprensible por los coetáneos, tal cual sucedió con los viajeros en América y Perú en el transcurso de los últimos siglos.

Es una ironía presentar figuraciones que transitan el realismo y el naturalismo con énfasis documental, similar a los exploradores científicos decimonónicos, bajo la plataforma digital —el catálogo, presentación y exposición virtual—. El concepto original fue realizar un «gabinete de curiosidades», donde acuarelas y souvenires acompañarían la experiencia trashumante, la simbiosis ideal entre el registro visual (mental) y matérico (físico). Es igual de satírico, aunque sutil, representar el frontis de la Casa Courret, no con el dispositivo que hizo a este famoso, sino abocetado.

¿El viajero reconocerá en su viaje expiación alguna cual Caín errante? Desconozco ello. Pero sí noto una cuota nostálgica, melancólica y de reflexión honda. Es de observarse que la médula conceptual de un gran número de dibujos refiera sobre lo efímero, desde el mismo hecho de ser reproducciones instantáneas como códigos de lo luctuoso: bienes suntuarios, personas yacentes, fardos, cabezas trofeo, animales muertos. Las lecturas religiosas persisten en la fauna, la caridad cristiana en el pelicano y el vanitas en el pavo real son prefiguraciones de conducta heredadas del barroco, como evocaciones intelectuales de que el hombre replica el orden del mundo natural en pos de la buena vida. Incluso, en los paisajes de Valdez la ausencia del hombre ante lo sublime de la naturaleza revela esa innecesaria posición que significa a veces su presencia, no de complemento sino de rémora. Pero también desaparece del paisaje artificial, del cosmos que cimentó. Queda la obra, no los artífices: es la conmemoración de su paso por la tierra.

El pintor politizado nunca se disoció del pintor naturalista, al igual que el Ángel Valdez padre y artista siempre fueron los mismos. El contenido crítico es inmanente. En el catálogo, el «gran circo del mundo» (Circo en Casma, marzo 2020) abre sus puertas para mostrarnos, en desfile, la comparsa del antiquísimo simio y sus memorias en el tiempo sobre este orbe, en sincronía con el proceso de quiebre existencial por una pandemia. La cucaracha muerta (Lima/días de cuarentena) parodia el mundo actual desde la privación de un viajero sobre viajar, o lo que es lo mismo, su muerte en tanto anula su naturaleza. El cuaderno de dibujos demuestra una preocupación ontológica por argumentar el porqué del disfrute en ese «ser» y «estar» en el tiempo, y en última instancia, una misiva a sus hijas ante una posible ausencia final. Este colofón es el punto de partida del espectáculo estelar de analepsis.

Este cuaderno es el principal testimonio de Ángel Valdez ante la nada. Es la evocación del colonizador esteta que intentó adueñarse del mundo del que fue parte y ya no lo será jamás. Comparto su propósito: que esta obra y crítica sea una defensa de los propósitos de nuestra existencia ante los nuestros en esta breve travesía sobre el mundo.


Escrito por

TVRobles

Comunidad de estudiantes voluntarios de la UNMSM Y UNI que se dedican a la difusión del Arte y la Cultura en su amplia diversidad.


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