Universo decadente
Galería Ginsberg + Tzu presenta exposición “El silencio de las fuentes” hasta el 20 de enero.
“Inspirado de la majestuosidad arquitectónica palaciega, la estatuaria neoclásica y los repertorios estéticos e iconográficos europeos, el artista configura un salón interior decorado por estatuas alegóricas y mitológicas. –entre lo bello, lo fantástico y lo grotesco–, que se erigen como otrora insignes monumentos de poderío y opulencia, fuentes de una antaño noble majestuoso, de placeres compulsivos y actos cometidos, que ahora yacen en agonía de la materia, la ruina del orden y la inclemencia del tiempo”.
Por: Carmen Andrea Zavaleta Laredo.
La galería Ginsberg + Tzu presenta la exposición individual “El silencio de las fuentes” de Abel Bentín. La muestra marca el regreso del artista a la galería después de siete años, a través de una instalación inmersiva realizada en colaboración con Ciento Studio, estudio de arquitectura y diseño de interiores que trabaja con artistas.

Abel Bentín es un artista cuya práctica se centra en la escultura y la instalación, a través de las cuales explora la complejidad y la decadencia de la sociedad contemporánea. Su obra se desarrolla dentro de un universo irónico, neoclásico y apocalíptico, donde ha construido un lenguaje visual propio, marcado por la presencia de una materia negra que enturbia y consume todo a su paso. Este elemento ambiguo le permite reflexionar sobre los mecanismos de consumo masivo que, como sociedad, producimos y que al mismo tiempo nos consumen y dañan. Asimismo, funciona como una herramienta de intervención —casi de vandalización— sobre símbolos que para el artista representan represión, formalidad y normas de conducta impuestas, poniendo en tensión los valores tradicionales asociados al orden, la virtud y la autoridad.
En esta propuesta, Bentín recurre a modelos visuales asociados al poder, la élite y la tradición clásica europea, configurando un universo poblado por figuras alegóricas y mitológicas que no representan individuos concretos, sino ideas como la virtud, el vicio, la gloria, el deseo y el dominio, propias del imaginario clásico. Estas formas, lejos de ser únicamente armoniosas o ideales, incorporan rasgos inquietantes, quebrando la noción tradicional de la belleza neoclásica. Así, los monumentos que en otro tiempo simbolizaron grandeza, nobleza y opulencia —vinculados tanto al lujo como a los excesos del poder— aparecen hoy atravesados por el desgaste de la materia, la ruina del orden que los sostenía y la acción implacable del tiempo, revelando una majestuosidad vulnerable y decadente.

El espacio diseñado para albergar estas ideas conserva la apariencia clásica, aunque se encuentra profundamente vinculado a ideologías ya agotadas. Esto debido a que el espacio no funciona como un contenedor neutral de la muestra, sino como una extensión activa de ella, ya que la galería se transforma en parte del lenguaje visual de la obra. La elección cromática, la jerarquía en la disposición de las esculturas, la iluminación y el componente sonoro configuran una experiencia inmersiva que apela a lo sensorial y refuerza el discurso de la instalación. El espacio clásico, el sonido constante del agua y las esculturas que insinúan una descomposición interna conforman, en conjunto, un mismo cuerpo expositivo.
Esta tensión se manifiesta con mayor claridad en las esculturas, de las cuales brota un líquido estancado que evidencia la corrupción de los ideales que alguna vez representaron. Todo —las fuentes, los conductos y los cimientos— parece hallarse en un estado de agonía, incapaz de contener aquello que se descompone. Las fuentes, antes símbolos de vida y orden, se convierten ahora en emblemas de deterioro y decadencia. Una crisis de valores.

Esta imagen de estancamiento y descomposición encuentra un eco directo en la coyuntura contemporánea, marcada por la crisis de los sistemas de representación, el desgaste de las instituciones y la pérdida de confianza en los discursos que durante décadas prometieron estabilidad y progreso. Al igual que las fuentes de la instalación, muchas de las estructuras que organizan la vida social y política actual continúan operando desde una apariencia de solidez, aunque en su interior evidencian fracturas profundas. El líquido que no fluye, que se acumula y se corrompe, funciona, así como una metáfora del colapso de los relatos hegemónicos y de la incapacidad de los modelos heredados para responder a las urgencias del presente, revelando un tiempo histórico atravesado por la incertidumbre, la saturación y una creciente crisis de sentido.
“El silencio de las fuentes” se presenta como una reflexión crítica sobre la persistencia de estructuras simbólicas que, aunque erosionadas, continúan moldeando nuestra comprensión del poder, la belleza y el orden. Bentín no propone una nostalgia por el pasado ni una simple denuncia, sino una puesta en escena del colapso. Aquello que alguna vez sostuvo un ideal de armonía hoy se revela como una arquitectura hueca, incapaz de ocultar su propia degradación. La instalación expone un paisaje suspendido entre la monumentalidad y la ruina, donde el silencio no implica ausencia, sino la evidencia de un sistema que ha dejado de fluir, convirtiéndose en metáfora del desgaste de los grandes relatos y de la fragilidad de los valores que aún intentan sostenerse en el presente.

Cabe señalar que la exposición podrá visitarse hasta el 20 de enero en la galería Ginsberg + Tzu, ubicada en Santa Cruz 1068, Miraflores. El horario de atención es de lunes a sábado, de 11:00 a.m. a 7:00 p.m. El ingreso es libre y las doce obras exhibidas se encuentran disponibles para la venta vía comunicación con la galería.