va por su octavo presidente

El desaire de los vivos y la furia del muerto

Una crónica de una celebración vacía al tayta José María Arguedas.

Publicado: 2026-01-19

Por: Julio Zúñiga.

El cielo de Andahuaylas amaneció con ese gris plomizo que tienen las piedras cuando van a llorar. Llegué a la Paccha media hora tarde, con la respiración entrecortada y un ardor en el pecho que no era fatiga, sino el presentimiento de la vergüenza. Mientras caminaba hacia el mausoleo, revisaba en mi celular la transmisión en vivo que las instituciones oficiales bombardeaban en redes: ángulos cerrados, primeros planos de rostros serios, una narrativa de “éxito rotundo”. Pero al llegar, la realidad me abofeteó con la frialdad del cemento: allí, frente a la última morada del Tayta José María, apenas cinco gatos cumplían el ritual burocrático de marcar tarjeta. Fue como ver dos películas distintas: la digital, llena de pompa; y la real, un esqueleto sin carne.

Lo primero que hirió mi vista fue el “maquillaje” barato. Las rejas del mausoleo, sagradas para quienes entendemos el peso de esos huesos, habían sido vestidas con mantas industriales. Esas telas sintéticas, de diseños repetitivos y chillones, que las máquinas escupen por metros en las fábricas de la costa, insultaban la memoria de quien amó el telar indígena, el pallay que cuenta historias con lana de oveja, venado y llama con tintes de nogal y chillka. Y, custodiando el sueño del amauta, dos arreglos florales se erguían con la arrogancia de la ignorancia: rosas amarillas de florería comercial.

¿Dónde estaba la flor de retama? Aquella flor salvaje que estalla en las quebradas, símbolo de la sangre de Huanta y de la resistencia que Arguedas defendió hasta el suicidio, fue despreciada por el protocolo. En su lugar, pusieron flores mudas, de plástico emocional, coronadas por logotipos institucionales más grandes que el propio nombre del escritor. Arguedas reducido a un fondo de pantalla para la foto del funcionario de turno.

Entonces, el silencio de la piedra fue roto por la verborrea de los “doctores”

Tomó la palabra el Dr. Edgar Luis Martínez Huamán, rector de la Universidad Nacional José María Arguedas. Su discurso fue un desierto de ideas, un páramo estéril. Es inconcebible, casi delictivo, que la máxima autoridad de la casa de estudios que lleva el nombre del mayor intelectual del Perú profundo no fuera capaz de citar una sola línea, una sola frase, un solo suspiro de Todas las Sangres o Los Ríos Profundos. Habló el tecnócrata, el administrador de una “marca”, no el heredero de un pensamiento. Martínez Huamán se paró allí como un misti moderno, con el traje impecable, pero el alma vacía de literatura, demostrando que en la UNAJMA Arguedas es un trámite administrativo y no el fuego que debería quemarles la lengua.

Y si el rector fue el silencio intelectual, la política fue la ausencia total. El alcalde provincial y el gobernador brillaron por no estar, enviando a sus regidores como quien manda al mensajero a pagar un recibo de luz. Iván Lachwarimay, regidor de cultura, intentó salvar los muebles hablando en Runasimi. Sí, habló en quechua, y eso se agradece en la forma, pero el fondo seguía hueco. Fue un discurso “bonito”, de tarjeta postal, sin la garra crítica, sin la denuncia social que Arguedas exigía.

Mientras tanto, el locutor oficial, con un español acartonado y monocorde, terminaba de sepultar la atmósfera andina, hablando de “un día importante” con la misma pasión con la que se anuncia el precio del pollo. El Tayta, que nos enseñó que el quechua es el idioma para hablar con el universo, fue homenajeado en la lengua de los que siempre lo “cercaron”: los gamonales abusivos.

Mi memoria, rebelde, voló hacia junio de 2004. Recordé aquel frío intenso cuando “rescatamos” el cuerpo de Arguedas de la humedad limeña. Aquello sí fue un Yawar Fiesta: el pueblo se desbordó, las calles eran ríos de gente llorando y cantando, desafiando a la ley y a las viudas para traer a su hijo a casa. Hoy, esa pasión se ha evaporado. Hemos cambiado la multitud doliente y viva por el protocolo indolente y muerto.

llegada de Arguedas a Andahauylas en 2004.

El hambre de los ancestros flotaba en el aire, insatisfecha. No hubo coca para el hallpay, no hubo mote pelado, no hubo llampu, no hubo la chicha fermentada que alegra el espíritu. Arguedas lo dejó escrito, lo pidió con la desesperación del que se despide: quería una muerte india, con los sabores de la cocina de los siervos donde fue feliz. Pero las autoridades le dieron una ceremonia de dieta, occidental y desabrida. Trataron a Arguedas como a un difunto de expediente, negándole el alimento ritual a su mallqui. Lo volvieron a matar por segunda vez.

Solo en los márgenes, lejos de la alfombra roja, resistía la cultura viva

Vi a Liberato Kani, el rapero quechua, tomar el micrófono no para la adulación, sino para el disparo. Como un Rasu Ñiti urbano, denunció que las autoridades prefieren vaciar concreto y cemento en las calles antes que cultivar la mente de los jóvenes. “Hay talento, falta apoyo”, gritó, recordándonos que Arguedas no vive en las placas de bronce, sino en la rabia creativa de los que se niegan a ser silenciados.

Y luego, la danza. No fue solo danza: fue un acto de desagravio. Allí estaba el maestro Luordio Flores, el legendario “Picaflor de Umamarca”. No con tijeras, como algunos despistados creen, sino entonando y bailando la Huaylía, ese canto sagrado de adoración y resistencia de las alturas de Umamarca y Huayana. Su voz rompió el protocolo acartonado, invocando a los apus que el rector ignoró.

Junto a él, una cuadrilla de niños Negrillos de Andahuaylas zapateaba con fuerza. Esos negrillos que, en su origen, satirizaban al caporal y al español, hoy parecían burlarse de las nuevas autoridades presentes, danzando con una ironía que solo el pueblo entiende. También hubo Danzantes de Tijeras, cuyos nombres el protocolo olvidó mencionar, pero cuyos aceros cantaron la agonía y el renacimiento que el cemento no puede callar.

La ceremonia terminó rápido, como quien se sacude un compromiso molesto. Retiraron las mantas industriales, desmontaron los parlantes gigantes que hacían bulla a un metro de la tumba, y se fueron a sus oficinas. Se enfrió más rápido que el mote cocido en la puna.

Pero la historia no terminó ahí

Tres horas más tarde, con la tarde cayendo y el silencio recuperando su lugar en Paccha, volví a pasar por el mausoleo. Me detuve en seco. Uno de esos arreglos florales gigantes, el de las rosas amarillas con el logotipo institucional inmenso, yacía volcado en el suelo, desparramado, roto. No había viento fuerte. No había perros cerca.

Me quedé mirando las rosas tiradas y sentí un escalofrío. En el mundo andino, nada es casualidad. Las ofrendas se reciben o se rechazan. Y allí, en la soledad de la tarde, tuve la certeza de que el Tayta José María, desde su descanso profundo, había dado su veredicto. ¿Acaso fue una ráfaga de viento enviada por el Wamani? ¿O fue el propio Arguedas quien, harto de tanta hipocresía, de tanta rosa de plástico y tanto discurso vacío, estiró la mano desde la tierra para tirar al suelo el arreglo que no pidió?

Salí de allí con una mezcla de pena y rabia. En Andahuaylas, Arguedas es un fetiche, un nombre para llenar oficios, un desconocido para sus propios gobernantes. Mientras el mundo lo lee y lo estudia, aquí lo matamos de nuevo con olvido y formalismos. “La lucha es un bien”, escribió él. Hoy, la lucha es contra esta traición disfrazada de homenaje. Porque si el Tayta rechazó sus flores, es porque todavía espera, con el oído pegado a la tierra, que su pueblo despierte y le traiga, por fin, la retama y el canto verdadero.

¡Kausachun Tayta Arguedas wiñaypaq llapam qillqasqanta qatikuqkunapaq sunqunmpi!


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