En un contexto escénico marcado por el ruido, la velocidad y la primacía de la imagen, algunas propuestas comienzan a desplazarse hacia otros modos de percepción. Desde la investigación escénica, la escucha y el trabajo con el territorio, la creadora María Jesús Hinostroza Santana plantea una búsqueda que se aleja de la representación tradicional para situar el sonido y el silencio como ejes de experiencia.
Esa exploración toma forma en Meloramas del corazón, instalación sonoro-escénica presentada en el marco del Festival Saliendo de la Caja 2026, que nace como parte de su proceso de tesis y se despliega como una experiencia inmersiva orientada a activar el oído, el cuerpo y otros sentidos. A partir del paisaje sonoro de la selva y de ejercicios de escucha profunda, la obra propone detenerse y escuchar como un gesto crítico, desde donde reflexionar sobre la fragilidad ambiental, la memoria territorial y la identidad, sin recurrir al discurso explícito ni a la narrativa frontal. Más que una obra cerrada, Meloramas del corazón se presenta como una investigación viva que ensaya nuevas formas de creación escénica desde la experiencia directa.
- Para quienes nunca han vivido una instalación sonoro-escénica, ¿qué es Meloramas del corazón y qué tipo de experiencia propone al espectador?
Meloramas del corazón es una instalación sonoro-escénica e inmersiva. Aunque no es un formato completamente definido dentro de las artes escénicas, es el que mejor se ajusta a la propuesta, porque pone al sonido como eje principal de la experiencia. El espectador no está invitado a mirar, sino a escuchar, interpretar e imaginar a partir de lo que oye.
La visualidad no desaparece, pero cumple un rol de acompañante a través de la luz, que aparece en momentos específicos vinculados a la naturaleza, las tensiones o las emociones. La experiencia es inmersiva porque utiliza cuadrafonía, con sonidos que se perciben a distintas distancias y direcciones, junto con desplazamientos del elenco alrededor del público.
Además, se incorporan estímulos sensoriales como el olfato y la temperatura: plantas, hoja de coca, el calor y el viento. Todo ello construye un viaje sensorial en el que la cuarta pared no existe y el espectador forma parte de lo que sucede.
- Este proyecto nace como parte de tu investigación y tesis. ¿En qué momento esa investigación académica se transformó en una necesidad artística y sensorial?
El proceso inició desde lo creativo, a partir de la construcción de melodías y onomatopeyas mediante ejercicios de escucha profunda e imitación del paisaje sonoro. Con el tiempo, entendimos que había un potencial para percibir el mundo de otras formas, no necesariamente desde la vista.
Hacia el final del proceso creativo decidimos incorporar otras sensaciones que suelen pasar desapercibidas, como el olfato y el tacto, así como el desplazamiento del elenco alrededor del espectador. Mientras más se sienta que se está dentro del espacio, más fácil es imaginar lo que se quiere transmitir sin necesidad de decirlo con palabras.
- La selva es el eje de Meloramas del corazón. ¿Qué relación personal o simbólica tienes con ella y por qué convertirla en un paisaje sonoro?
Soy de Concepción, en el Valle del Mantaro, y crecí muy conectada a la naturaleza. Vivía en el campo con mi familia y pasaba la mayor parte del tiempo afuera. Al migrar primero a Huancayo y luego a Lima, sentí una tristeza profunda al no poder reconectar con esa experiencia cotidiana de escuchar animales, abrazar árboles o simplemente estar en silencio.
Con el tiempo, además, vi cómo esos espacios fueron desapareciendo: árboles talados, casas vendidas, paisajes transformados. Mi proyecto de tesis empezó con una intención ecológica, pero luego entendí que también era una necesidad de recuperar mi identidad y mi infancia.
No busco apropiarme de la selva ni decir que soy de ahí, pero como peruana considero importante hablar de las injusticias que atraviesan estos territorios. El formato sonoro me permitió hacerlo sin representar ni narrar desde afuera, sino invitando a escuchar y reconocer que todos somos parte de la naturaleza y dependemos de ella.
- 4. En una ciudad marcada por el ruido, la obra invita a detenerse y escuchar. ¿Qué crees que hemos dejado de escuchar como sociedad?
Vivimos en una ciudad caótica donde el ruido se ha convertido en nuestro nuevo silencio. Escuchamos solo lo que queremos escuchar y hemos dejado de escuchar el mundo. Hay sonidos incómodos, dolorosos o caóticos que evitamos porque implican una responsabilidad.
En Meloramas del corazón hay contrastes entre tranquilidad, silencio y momentos abrumadores. Ese contraste refleja cómo el tráfico, los gritos, las construcciones y la violencia sonora nos han ensordecido frente a muchas realidades.
En la selva, cuando un territorio empieza a destruirse, lo que aparece es el silencio. Y ese silencio no queremos escucharlo. Sabemos lo que pasa, pero no queremos asumirlo. Al menos cuestionarnos y escuchar de otra manera puede abrir la posibilidad de una acción futura.
- La obra propone un duelo emocional por el paisaje, la memoria y la identidad. ¿Crees que el arte puede ayudarnos a procesar la pérdida ambiental desde un lugar distinto al discurso tradicional?
Sí. El arte tiene la capacidad de ayudarnos a entender el mundo desde otros lugares. En este caso, el sonido invita a imaginar, reflexionar y cuestionar sin imponer un mensaje directo.
No hay un guion que diga “salvemos la selva”. La experiencia propone percibir, incomodarse y sacar conclusiones propias. Eso la diferencia del discurso tradicional y permite reconocer que la pérdida ambiental es algo que está ocurriendo a nuestro alrededor y que muchas veces hemos decidido omitir.
- Después de atravesar Meloramas del corazón, ¿qué te gustaría que se lleve el espectador al salir del teatro?
Me gustaría que el espectador se haya sentido parte del viaje. Si nunca ha ido a la selva, que pueda imaginarla; y si ya la conoce, que recuerde lo que significa estar ahí.
Que se lleve la sensación de que eso que se está perdiendo todavía puede recuperarse, no solo en la selva, sino en la relación con la naturaleza en general. Que entienda que existe, que merece respeto y que todavía es posible hacer algo desde donde estamos.
- Desde tu experiencia, ¿qué lugar crees que pueden ocupar hoy este tipo de investigaciones sonoro-escénicas dentro de la creación contemporánea y la formación artística?
Creo que este tipo de investigaciones abren la posibilidad de crear desde otros lugares, sin depender de formatos tradicionales. Trabajar desde la escucha, el cuerpo y el territorio permite que más artistas y estudiantes se acerquen a la creación escénica desde la experiencia y la investigación, no solo desde la técnica.
También creo que es una invitación a no separar el arte de lo que vivimos como sociedad. Escuchar lo que nos rodea, cuestionarlo y transformarlo en creación puede ser un primer paso para generar conciencia, diálogo y acción. No se trata solo de hacer obras, sino de pensar cómo creamos, desde dónde y para qué.
- Gracias, María Jesús. Esperamos que estos formatos sigan apropiándose de nuevos espacios en nuestros teatros. ¿En dónde podríamos conocer más de la obra?
- Gracias a ustedes. Más allá de esta presentación, la investigación y la exploración del formato siguen activas y pueden encontrarse a través de Muhsun Producciones, donde el proyecto se sigue compartiendo y reflexionando.