Tercera batalla de Andahuaylas: el ayni de la palabra contra la dictadura del cemento
Por: Julio Zúñiga Pastor.
I. Políticos vs escritores
Del 18 al 20 de junio se desarrolló una intensa movida literaria en Andahuaylas, en el marco de la semana de su aniversario. La convocatoria alcanzó dimensión nacional y reunió tanto a autores de renombre como a escritores noveles. La tierra del Tayta vibró en un mar de voces que renovaron el sueño arguediano de una literatura viva. Aún estamos vivos y los Andes siguen cantando.

foto cortesía: Glidiana Villafuerte.
En Andahuaylas, la tierra donde José María Arguedas vio llorar a los ríos y a los hombres, la poesía tuvo que declararse en rebeldía. Mientras la provincia se vestía de gala para celebrar su bicentésimo primer aniversario republicano, desde los despachos del poder oficial se emitió una sentencia que olía a polvo de ladrillo y desmemoria: “No deben hacer una actividad paralela al aniversario, ya les dije claramente. Si lo hacen, no habrá ni sillas ni carpas ni apoyo”.
Para ciertos estamentos del poder, la cultura constituye una amenaza cuando no incluye una cinta que cortar. Creen, con la miopía de quienes confunden el canon minero con el progreso, que las únicas obras valiosas son las junglas de cemento: “Pistas y más pistas. El pueblo pide”. Se bañan en una popularidad plástica, rodeados de vecinos obligados a marchar bajo el sol, mientras ignoran olímpicamente a los hombres y mujeres que sostienen el cielo literario de su propia tierra. ¡Vaya ironía!
La ironía alcanzó su punto de ebullición en las aulas de la Universidad Nacional José María Arguedas. Allí se presentó Ajayu. Del fuego y los abismos, de Boris Espezúa Salmón. ¿Las autoridades anfitrionas? Desaparecidas. Ni los letrados de escritorio ni el rector asomaron las narices. Arguedas debe de estar revolcándose en su tumba al ver cómo decoran su paccha con flores para la foto y, cuando se apagan los flashes, las retiran y la dejan abandonada, como siempre.
II. Un ejército literario en marcha
Pero el viento no sabe de bandos municipales. Desoyendo la ordenanza de la ignorancia, la Asociación Cultural Taki Unquy desató el festival. No hubo fondos públicos; hubo ayni milenario. Un ejército literario marchó por Andahuaylas, y su artillería era de papel y saliva, reuniendo a escritores de la capital y de las regiones en una misma trinchera.
En esa primera línea de fuego estuve yo, Julio Zúñiga Pastor, el demonio de Radilla. A mi tierra no se la defiende en silencio. Por eso disparé los versos de Andahuaylas en la boca: “techo de calamina sobre techo de calamina cubriendo lo que no se puede cubrir: el hueso antiguo debajo del asfalto, la memoria chanka debajo del olvido [...] Kaypin kawsani. Kaypin wañusaq”. El Radilla no necesita que nadie lo nombre en español para sostener el cielo. Yo tampoco.

foto cortesía: Glidiana Villafuerte.
A mi lado marchaba, como kamayuq de esta insurgencia, Renato Pachas, chinchano irremediablemente andahuaylinizado. Maestro de oficio y de alma, entregó Lo que la ciudad, una declaración de amor a las calles que lo adoptaron: “Soy Andahuaylas y mis días festivos son los viernes, / porque puedo trepar tus ojos / y pintar las nubes en otoño”.
Habló también la cuenca del río Chicha por boca de Lucianni Taipe. En El mayor de todos ha partido, el duelo se volvió un ropaje que ya no se desprende: “Hay noches que mamá habla con Dios [...] y recordar que ya no estás / es volver a perderte, Mario”.
Edwin Fernando Alarcón La Torre, amauta contemporáneo, no pidió legitimidad: la reclamó como herencia en Estoy aquí, un poema que vuelve a fundar su propio linaje frente al cerro. De su panteísmo hablaremos un poco más adelante.
La juventud tampoco guardó silencio. Shirly Natali Serna Tincopa, estudiante andahuaylina, clavó Filosofía del hambre directamente en el estómago del clientelismo con una sentencia que ya circula como consigna de barrio: “Quien te niega el pan, te gobierna”.
El asfalto local también sabe ladrar. Scott, el ingeniero que firma como “El perro poeta”, convirtió la orfandad en un evangelio callejero. Pero de eso hablaremos con calma cuando lleguemos a las desolaciones.
Frente a tanta urgencia, Wilfredo Siancas Moreano ancló el tiempo en Quedarme en tus días: “No serás para un instante, / eres para todo mi destino”.
Tras diecisiete años de silencio escénico, regresó Alejandro Enciso Altamirano. Su poemario Espíritu (2007), escrito en tres lenguas, no pide permiso para ser escuchado: “Ama rimaychu, uyariylla uyariy, takiyniyta. [...] Chiwakucham ñuqa kani”.
Apurímac sumó su lente y su motor de nostalgia. Ana Melva Cruz Cárdenas, Ave Melva, transformó la dureza del paisaje en latido con La tibieza de la piedra: “Al borde del río / mi piedra brilla”. Y el andahuaylino-apurimeño Everzon Huaman Pillaca dejó rugir la ausencia en Me ahogo en tu ausencia: “los recuerdos del brillo de sus ojos / abrazaban mi soledad”.
Entonces llegaron las tropas de la capital, armadas hasta los dientes. Claudia Sánchez Pinto convirtió la angustia urbana en bisturí con Después de leer a Julia Kristeva: “Siento que mi vida va siendo enterrada entre símbolos”. Juan Manuel Corbera recordó, en Receptáculo, que la literatura no es un espejo complaciente, sino una disección: “siempre hay algo detrás de lo visible”.
Fiorella Terrazas —Fioloba— irrumpió con la estridencia del universo digital en Cam girl; Italo Passano llevó, en Pequeña mujer, la crudeza de un deseo que se pudre en una semana; y, cerrando la avanzada limeña, Roxana Crisólogo Correa, desde sus residencias europeas, hizo doler al Perú a la distancia, como si se tratara de un miembro amputado.
De estas tres últimas voces volveremos a ocuparnos en la sección dedicada a las estéticas, pues sus versos exigen una lectura más lenta.
La región sur y centro andina desplegó después su artillería pesada. Desde Abancay, Eduardo Castillo Ortiz, educador y puente hacia el mundo islámico, disparó contra la hipocresía con Belleza incomprendida: “el socavón de la ignorancia necesita despellejar, deshuesar, insultar”. También desde Abancay, el psicólogo J. Estiven Medina Ortiz desnudó la fachada social en La broma: “está prohibido reír, está prohibido pensar demasiado”. Y Miguel H. Tapia Salas convirtió su propio Primer jornal en una acusación histórica, invocando la revolución pendiente de los humildes hijos de las minas de plata, denuncia sobre la que volveremos más adelante.
Rompiendo la lógica del consumismo, Diana Durand fracturó la identidad contemporánea con Yo soy la nueva extrañeza: “El experimento que se programa y se aísla”. El docente Alberto Río dejó un suspiro oscuro en Lied X, donde la brevedad de la vida apenas se sostiene entre sombras. Desde Aymaraes, el maestro Alejandro Medina Bustinza —Apurunku— desenfundó su rabia contra la sumisión con Alturas. Sobre ese llamado a la rebelión volveremos en la sección dedicada a las estéticas.
Desde el Cusco imperial llegó Ramiro Moreyra Portilla, cineasta y artesano de la palabra, que moldea sus versos en runasimi como tributo a los creadores anónimos: “Eres el asa puente del pasado al futuro”. Su coterráneo César Salízar escupió, en Paria, la rabia de quien sabe que el sistema está podrido desde la raíz: “Soy el monstruo que debió haber sido vencido”.
La cusqueña Nelly Patricia M. Orccon elevó la mirada hacia el panteísmo en Inmensidad en el centro del mundo —otro verso que guardamos para después—, y la joven Claribel, demostrando que el relevo generacional está afilado, lanzó un ruego desesperado a Arguedas en ¿Por qué ha de morir?: “Ya no somos la quinua de los mil colores. / ¡Nos estamos perdiendo!”.
Como un trueno desde Urancancha llegó el ayacuchano Santos Morales Aroní, cuyo runasimi no es adorno, sino arma de grueso calibre —su verso también espera, un poco más adelante.
Desde el pie del Misti, Arequipa envió a Juan Zamudio: su Extramuros es un ejercicio de fuga donde la memoria duele en el cuerpo: “Busca desesperadamente la ventana / como gallo denso que escapa de la tierra”.
Las aguas del Titicaca enviaron a la poeta puneña Diana Águeda Vargas Velásquez, quien en Secreto de Águeda despojó a la tristeza para reclamar su libertad: “Esta noche, el mundo es mío”. Y coronando la representación sureña, el maestro Boris Espezúa Salmón trajo la vastedad entera del altiplano —su pregunta cierra esta crónica; no podía ser de otro modo.
Cerró la marcha, desde la calurosa Ica, Liz Matta Durán, con una poética visceral y confesional donde la entrega y la locura se trenzan: “Una mujer como yo, no diferente a cualquiera, se entrega a la muerte / [...] muere dulcemente”.
III. La estética de la tercera batalla: hacia un nuevo Olimpo
El coche de la cultura en nuestro país es viejo, pero terco, blindado y resistente. Avanza a contracorriente, pujando contra la maquinaria burocrática que ostenta el monopolio del presupuesto: “Tenemos plata”, pero no cerebro. Esta, la Tercera Batalla de Andahuaylas, hizo temblar el valle del Chumbao durante dos días consecutivos. Bares, plazas, la universidad y los colegios fueron tomados por asalto ante la atenta mirada de los apus Radilla y Ccorawiri. Protegido simbólicamente por el escudo de los Negrillos de Andahuaylas, y bajo la vigilancia tutelar de José María Arguedas y Gamaliel Churata, el huaino se instauró como himno.
Aquí, en la tierra de Anccuhuayllu —aquel legendario guerrero chanka que arrancó lágrimas al mismísimo Pachacútec en Yawar Pampa—, la poesía no se recitó: se disparó.
Lo presenciado no es una mera anécdota local, sino un hito de nuestra estética literaria. Vale la pena detenerse un momento en los patrones que ha dejado al descubierto.
El primer frente es la poética de la desolación urbana y cibernética, donde el individuo es devorado por la modernidad antes de poder nombrarla. Ahí cabe el cuerpo digitalizado de Fiorella Terrazas: “el barro y mi nombre, / mi nombre es barro”. Cabe también la alienación a distancia de Roxana Crisólogo: “el ruido intestinal de una máquina que cante / la soledad de ser la única que lo escuche”. Cabe el deseo perecedero de Italo Passano, una pasión “bien conservada, ahora muerta, / y deshecha en una semana”. Y cabe, sobre todo, la orfandad callejera de Scott, “El perro poeta”, que condensa en una sola línea todo lo que el sistema prefiere no ver: “este perro es más poeta”.
El segundo frente es el neoindigenismo de la rabia y la memoria, que politiza el dolor y convierte el runasimi en trinchera. Santos Morales Aroní dispara su denuncia sin pedir traducción: “a los runáfagos les es aborrecible esta lengua”. Miguel H. Tapia Salas invoca, desde la mina misma, “la revolución del humilde hijo de las minas de plata”. Y Alejandro Medina Bustinza convierte el llamado en orden de combate: “vámonos a sepultar la noche”.
El tercer frente es el panteísmo de la fisura existencial, que busca respuestas en la piedra y en el viento. Boris Espezúa deja la pregunta que, de algún modo, resume el festival entero: “¿Será posible un tinkuy fraterno en el Perú?”. Nelly Patricia M. Orccon encuentra el centro del mundo en lo más pequeño: “piedras que sostienen / células que todo lo componen”. Y Edwin Fernando Alarcón La Torre no pide pertenecer al paisaje: se declara su sangre: “hijo del sol y la luna, / de la lluvia y el viento”.
A nivel nacional, esta colisión de estilos es la encarnación viva de la heterogeneidad literaria postulada por Antonio Cornejo Polar. Aquí no hay una síntesis forzada ni un “Perú oficial” armonioso. El festival es un campo de batalla donde el píxel choca con el apu, donde la cam girl dialoga con la pachamama, y donde el asfalto limeño sangra junto al cerro andahuaylino. Es la totalidad contradictoria de un país que no termina de cuajar, pero que se reconoce en su propio desgarro.
Para comprender la magnitud de esta batalla, debemos invocar también a Walter Benjamin, quien nos enseña que articular históricamente el pasado no significa conocerlo “como verdaderamente ha sido”, sino adueñarse de un recuerdo tal como relumbra en el instante de peligro. Los poetas de Andahuaylas actuaron como ese relámpago benjaminiano: cepillaron la historia a contrapelo, redimiendo a los masacrados, a las madres que exigen justicia, y enfrentándose a la noción vacía de “progreso” material de las municipalidades.
Y finalmente, la voz local y universal del tayta José María Arguedas. Él lo profetizó: “Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que, orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio”. Los soldados de esta Tercera Batalla asumen ese mandato. Construyen un Olimpo andino que ya no pide permiso para existir ni necesita validación en las oficinas del poder. Cantaron en su tumba, sí, pero no para velarlo, sino para despertarlo.
Nuestra artillería de papel no se agota como el dinero de las arcas fiscales. Nuestras ideas hierven conciencias, tumban tiranías de cemento y educan a las generaciones venideras con una dignidad que ningún presupuesto minero podrá comprar jamás.

foto cortesía: Glidiana Villafuerte.
La Tercera Batalla de Andahuaylas será recordada y cantada a los cuatro vientos. La pólvora de la palabra ya está regada. Desde ahora, convocamos a todos los soldados, capitanes y generales de la literatura para la Cuarta Batalla el próximo año. Que se preparen los sordos: el Gritovientos recién empieza a soplar.