La luz que habitamos
Una exposición que invita a sentir la fotografía más allá de la mirada
Por: Anette Mansilla
La fotografía suele asociarse con aquello que vemos. Un encuadre, una composición o un instante quedan registrados frente al lente para convertirse en una imagen. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando la creación fotográfica parte de una experiencia en la que la mirada no es el único medio para relacionarse con el mundo?
Esta pregunta atraviesa La luz que habitamos, exposición que reúne el resultado de un taller desarrollado junto a estudiantes con discapacidad visual del Colegio Luis Braille de Comas. Durante cinco sesiones, los estudiantes exploraron distintas maneras de acercarse a la fotografía acompañados por los fotógrafos Franchesca Chacón, Paul Vallejos y Sergio Meléndez. Para ello, además de la cámara, recurrieron a la conversación, el tacto, la escucha, la memoria y la imaginación.
El proyecto se presentó primero en el Colegio Luis Braille y posteriormente llegó a RUIDO, espacio dedicado a la fotografía ubicado en Lince. Mientras que en el colegio las fotografías estuvieron acompañadas por textos de los propios estudiantes y sus traducciones al braille, en RUIDO fueron organizadas como un recorrido curatorial.

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Uno de los principales retos del taller fue replantear conceptos fotográficos que normalmente se enseñan desde una experiencia visual, como la distancia, los ángulos, la composición y el encuadre. Sergio Meléndez, fotógrafo y docente del proyecto, explica que las primeras sesiones exigieron encontrar nuevas formas de transmitir estos conceptos.
El sonido se convirtió en una herramienta fundamental. Para trabajar las distancias, los estudiantes podían identificar aquello que querían fotografiar mediante la audición y utilizar sus propios pasos como referencia para calcular qué tan cerca o lejos debían encontrarse. El tacto y la conversación también ayudaban a orientar la cámara y establecer una relación con aquello que buscaban registrar.
El ejercicio no se limitó a aprender aspectos técnicos. La propuesta temática inicial fue la familia, pero las cámaras también fueron utilizadas para registrar el entorno cotidiano de los participantes. Los estudiantes fotografiaron a sus compañeros, familiares, mascotas y espacios del colegio y de sus hogares. Así, cada imagen surgió de la relación particular de cada participante con aquello que quería representar.

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Para Meléndez, esta experiencia demuestra que la creación artística no depende exclusivamente de una capacidad técnica o visual. “Cualquier persona puede desarrollar arte”, sostiene, siempre que tenga algo que contar y aquello que quiere expresar realmente le importe.
En RUIDO, las fotografías construyen un recorrido por algunas de estas experiencias. Manos, retratos, mascotas, compañeros, sombras y escenas cotidianas aparecen a lo largo de la muestra, evidenciando distintas maneras de experimentar con la cámara. Una fotografía dominada por el negro ocupa un lugar destacado dentro del montaje. Durante la visita guiada, Meléndez explicó que no se trata de un negro vacío, sino de un “negro con ruido, un negro con color”, entendido dentro de la propuesta como una metáfora de aquello que los estudiantes sienten y buscaban encontrar durante el proceso.
Más allá de las imágenes, la exposición también abre una conversación sobre la accesibilidad en los espacios culturales. Omar Lucas, integrante del equipo de RUIDO, señala que en el taller participaron once estudiantes acompañados por Chacón, Vallejos y Meléndez. Para él, la experiencia demuestra que una fotografía puede construirse desde mucho más que la mirada: los recuerdos, el tacto, las conversaciones y las emociones también pueden convertirse en herramientas para crear.

cortesía espacio RUIDO fotografía por Omar Lucas
El propio concepto de familia adquirió una dimensión particular durante el proyecto. Además de los vínculos del hogar, el colegio apareció como otro espacio de pertenencia, construido a través de compañeros y profesores. De esta manera, la fotografía permitió a los estudiantes registrar no solo aquello que los rodeaba, sino también los vínculos que forman parte de su vida cotidiana.
La experiencia plantea, además, una reflexión sobre cómo se entiende la accesibilidad dentro de los espacios culturales. Para Lucas, esta no debería ser una adaptación excepcional que se incorpora cuando aparece un público específico, sino una condición que debe considerarse desde el inicio en museos, teatros, calles y otros espacios públicos. RUIDO, explica, también se encuentra en un proceso de implementación de estos aspectos dentro de su propio espacio.
La luz que habitamos invita así a cuestionar cuánto de nuestra idea sobre una imagen depende de la mirada. Escuchar puede ayudar a calcular una distancia, tocar puede permitir comprender un espacio y recordar puede convertirse en materia para una fotografía. La cámara registra, pero detrás de cada imagen aparecen también vínculos, experiencias y distintas formas de habitar el entorno.
El proyecto desarrollado junto a los estudiantes del Colegio Luis Braille demuestra que modificar las formas tradicionales de acercarse a la fotografía no significa reducir sus posibilidades, sino ampliarlas. La exposición propone entender la imagen como algo que puede construirse desde múltiples sentidos y experiencias.
Quizás por ello el título resulta tan preciso. La luz que habitamos no habla únicamente de aquella que hace posible una fotografía, sino también de los recuerdos, sonidos, texturas y vínculos que construyen una manera particular de relacionarse con el mundo.
La exposición puede visitarse hasta el 15 de octubre en RUIDO, ubicado en calle Almirante Martín Guisse 1854, Lince. A través del trabajo de los estudiantes del Colegio Luis Braille, La luz que habitamos invita a acercarse a la fotografía desde otros sentidos y a descubrir que, para crear una imagen, quizá no siempre sea necesario comenzar por mirar.